Recalamos en Santa Cruz de la Palma. Nos toca llegar al puerto más occidental de la tierra conocida y que los navegantes utilizaban llenar sus barcos con provisiones y agua dulce antes de embarcarse durante 3 meses en busca de las Américas. Casas coloniales, con balcones colgantes, construidas con piedra volcánica y encalados a rabiar para alejar las enfermedades en un tiempo donde no existía el alcantarillado o el agua corriente. Vigilados desde las alturas por los dioses escondidos tras las nubes, haciendo manar el Maná y miles de exóticos alimentos.
Ante todo hay que desvelar el misterio y subir a lo más alto para comprobar si allí se alojan dioses desterrados del Olimpo, El Roque de los Muchachos. Hoy santuario de la luz de las estrellas, plantado de lustrosos observatorios, con instrumentos que nos caben en la palma de la mano salvo los métricos espejos o las ciclópeas aurículas de microondas. Una zona abrupta, orogenia, de generación reciente, árido paisaje lunar de roquedos en busca del Sol desde donde tenemos vista panorámica sobre la isla, la caldera de Taburiente, el mar y en días claros se divisan otras islas orientales e incluso el Teide.
Todo alrededor está abrasado, pulido por el viento, por el fuego interno ígneo, magmático y rostizado por el sol. Allá por donde mires las nubes algodonean las cumbres y aplican un suave bálsamo que con su efecto hace brotar el verdor. Trazado de la Ruta.



